miércoles, 1 de abril de 2026

Cansancio y equilibrio en la vida contemporánea

Nos cansamos: es lo normal. El cansancio forma parte de la condición humana y también es una señal del cuerpo que conviene aprender a leer. El problema no es tanto cansarse como no reconocer el cansancio o pretender descansar con actividades que en realidad cansan más: evasiones, hiperconexión, ritmos de vida de alto gasto. Comprender la fatigabilidad, identificar las señales del cuerpo y aprender a descomprimir de forma sana permite buscar un equilibrio más realista. Porque quizá el objetivo no sea solo descansar cuando hace falta, sino desprendernos un poco del descanso y aprender a vivir cansándose menos.


1. Lo normal es cansarse
2. Necesidad del descanso
3. Identificar el cansancio
4. Falsos descansos
5. Vivir cansándose menos
6. Descansar de verdad


“Nuestro siglo se ufana de ser el de la vida intensa y esa vida intensa no es sino una vida agitada, porque el signo de nuestro siglo es la carrera… Ya sabéis cómo se viaja hoy en día. Los jóvenes que se respetan han visto, antes de cumplir los veinte, la mitad de Europa… ¿Cómo queréis que funcione el mundo con todos esos hipertensos frenéticos?”  escribió Jacques Leclercq en Elogio de la pereza (1936). Años después añadía: “La velocidad parece tocar su extremo; ¿no se confundirá con la inmovilidad?... Ya no hay distancias, ya no hay movimiento” (1948).

Si ya en la primera mitad del siglo XX se hablaba así del estrés, de la velocidad y de la inmediatez, ¿qué podríamos decir hoy? Quizá la cuestión no sea solo la aceleración externa del mundo. Tal vez parte del problema esté también en nosotros mismos. La mayor parte del problema, de hecho.



Lo normal es cansarse

La condición humana es limitada, es así. No puedo hacer todo lo que me gustaría. Querría volar, pero no puedo: peso demasiado. Y me canso. Tendrá que ver también con el peso y con la gravedad, supongo. Aunque a veces me pregunto: ¿se cansan los astronautas en el espacio? Allí no hay gravedad. Pero, no sé por qué, me da que también se cansan. Así que no será solo cosa del peso ni de la gravedad. Habrá otras cosas.

Por tanto, bienvenidos al mundo real. Suena un poco a Matrix, sí, lo sé; algo de eso hay. Pero esto es el mundo real, no uno virtual. Aquí nos cansamos.

Somos humanos, no robots. Lo digo a propósito de los astronautas, que algo tendrán que ver con los robots… o quizá no, qué complicado. En cualquier caso, ¿cómo vamos a ser robots si tenemos canas y arrugas? Somos humanos, de carne y hueso, con sangre que circula, no robots de metal y circuitos sin sangre ni vísceras. Y no tenemos pilas, pero algo tendremos, porque de algún sitio sacamos la energía. Está claro que energía necesitamos: para movernos, para estar de pie, para pensar, para hablar, para comer y hasta para escribir, aunque escribamos de manera vaga, como fluye el pensamiento. Porque el pensamiento también consume energía.

La cuestión no es solo el cansancio, sino la fatigabilidad. El cansancio es algo, pero la fatigabilidad es más. Es más interesante prestar atención a la fatigabilidad que al cansancio, porque así miramos al proceso y no solo al resultado. Así podemos prevenir, no solo curar o reparar —que también—. Y así nos conocemos mejor: somos más conscientes de nuestros límites y de la necesidad de cuidarnos. Quizá de eso se trate en gran medida: de aprender a cansarnos menos.

Y esa fatigabilidad, igual que el cansancio, tiene que ver con que somos humanos y no robots, como decíamos: cosas de la carne y de la sangre. Por eso no tiene sentido asustarse cuando nos cansamos ni extrañarse demasiado: lo normal es cansarse. De hecho, lo raro sería no cansarse. Porque entonces no tendríamos carne y sangre, sino materiales sintéticos, como los robots. Y eso sí que sería raro… al menos de fábrica.

La gracia está en que el cansancio no solo es normal, sino también necesario. El cansancio es una señal del cuerpo, un indicador, como el de aceite o combustible de los coches. O quizá más bien como la alerta que aparece cuando hay que cambiar el aceite, repostar o pasar revisión. Sí, más bien es eso: una señal de alerta. Una señal que indica que algo hay que parar o regular. No hay instrucciones tan claras como en los coches, pero el cuerpo está diciendo que algo hay que hacer. Y lo importante con las señales de alerta es verlas, percatarse de ellas, darse cuenta. Si no, entonces sí tenemos un problema. Porque el problema no es cansarse ni el cansancio: el problema es no darnos cuenta de que estamos cansados.

Aunque lo normal es cansarse, no todo cansancio es normal. Hay cansancios que son enfermedad, ya sea porque el cansancio habitual se ha prolongado demasiado o porque responde a otros mecanismos y procesos. Son relativamente frecuentes —aunque no lo más frecuente—, y conviene descartarlos para poder tratarlos cuando aparecen. Anemias, desnutrición, hipotiroidismo, alteraciones del cortisol, tumores… entre otros. También están las depresiones —algunos tipos de depresión, para ser más precisos— y la llamada fatiga crónica. Todo esto debe valorarlo un médico.


Necesidad del descanso

Los mecanismos, procesos y la fisiopatología del cansancio suelen ser comprensibles, aunque no siempre sean conscientes. El cansancio suele indicar una alteración del equilibrio interior, del equilibrio psicosomático. El cuerpo se tensa para hacer frente a los estresores externos, a las amenazas, a los cambios… al estrés, en definitiva. Porque la vida es estrés: vivir es estresante, no es algo raro. Se tensan los músculos, se tensan las arterias, se tensan los nervios. Es una manera de decirlo, pero en el fondo es así. Y si esa tensión se mantiene demasiado tiempo, algo puede romperse: empieza a salir por algún sitio. Hace falta cierta descompresión para poder volver a tensarse cuando toca.

La tensión se manifiesta como ansiedad psíquica y también a través de manifestaciones corporales. Cuando uno está tenso, lo más saludable suele ser exteriorizar esa tensión, sacarla fuera. Ahí aparece la ansiedad, que puede ser más o menos intensa. Le ponemos nombre y podemos vivirla de forma más o menos dramática, más o menos… histérica. Pero, en el fondo, es bueno que salga. Si no sale así, también acaba saliendo, pero por otras vías: a través del cuerpo, somatizando. Y entonces puede hacer más daño, porque es como si la tensión se quedara dentro, como si se enquistara o se endureciera. Los síntomas somáticos suelen acompañar a la ansiedad manifiesta, eso es normal. El problema aparece más bien cuando no hay ni rastro de ansiedad: cuando la tensión no se reconoce, no se identifica, no tiene nombre. En esos casos hablamos de una somatización más profunda, más inconsciente… o nada consciente.

La descompresión es necesaria, ya sea cada cierto tiempo o —mejor aún— porque aprendemos a no acumular tanta tensión. Pero, si no, hay que descomprimir. Y descomprimir es, en el fondo, descansar, en sus distintas formas. Se puede descomprimir relajándose, practicando técnicas de relajación o meditando: es una manera directa de contrarrestar la respuesta fisiológica al estrés. Requiere cierto entrenamiento, pero es muy poderosa. También está el ejercicio físico —el deporte, la gimnasia, el movimiento—, que es más sencillo, más asequible y está al alcance de todos. Otras veces la descompresión llega a través de actividades más tranquilas: distracciones, contemplación… No siempre hace falta hacer fuerza para descomprimir; a veces basta con soltar, con dejar fluir. Y, por supuesto, dormir cuando toca. Conviene aprender formas saludables de descompresión porque, si no, aparecen descompresores desadaptativos: alivian en el momento, pero a medio plazo tienen efectos colaterales. Un atracón de comida o de bebida, las adicciones, las autolesiones, el sexo compulsivo… pueden relajar de entrada, aparentemente descomprimen, pero no equilibran: generan falsos equilibrios.

En cierto modo, el organismo funciona como una olla —a veces incluso como una olla a presión— que se descomprime a través de distintos tipos de válvulas o reguladores. El sueño, el apetito y la sexualidad —funciones básicas del organismo— son tres de esas válvulas, tres ventanas al equilibrio psicosomático. Pero no son solo válvulas, y por eso conviene tener cuidado con ellas. Hay que aprender a usar descompresores que no deshagan ni rompan el equilibrio, que no generen cortocircuitos.


Identificar el cansancio

Todos podemos tener dificultades para reconocer el cansancio, a veces; pero hay personas a las que esto les ocurre casi siempre. Son personas con poca capacidad de introspección, con dificultad para identificar sus propias emociones, para darse cuenta del enfado, de la tristeza, de la ansiedad o del cansancio. No leen bien las señales del cuerpo y no paran: siguen y siguen, casi como robots. Es un rasgo psicológico que se asocia con mayor patología psicosomática, lo cual resulta comprensible. A esto se le llama alexitimia.

El cansancio nos afecta a todos. Todos somos vulnerables y limitados, pero no somos iguales. Nos diferenciamos en el chasis, en nuestra constitución somática y también en el carácter. Somos distintos y, aunque todos somos vulnerables, algunos son más frágiles que otros. Además, las circunstancias y las temporadas de la vida también cambian, como las mareas. Tampoco son iguales las demandas a las que cada uno se expone ni los tipos de carga o sobrecarga. Cada uno tiene sus cosas; conocerse a uno mismo es también conocer los propios puntos débiles y las propias necesidades. “No te compares con otros, compárate contigo mismo”, decía Jordan Peterson; en concreto: “compárate con quien tú eras antes”. Y eso también nos vale aquí.

Ser distintos significa también que unos se cansan antes y otros se cansan menos. Incluso parece que algunos no se cansan nunca. A veces nos encontramos con auténticos extraterrestres que viven entre nosotros. Y eso puede ser un pequeño peligro, porque pueden entrarnos ganas de ser como ellos o —peor aún— de imitarlos. Son outliers estadísticos, fenómenos raros de la naturaleza que necesitan menos horas de sueño, o al menos eso parece. Y claro, así tienen dos o tres horas más de día. Si además se dedican a trabajos de producción —empresarios, académicos, directivos…— es como si tuvieran ventaja. Hipomaníacos persistentes. Algunos son cordiales, pero entre ellos tampoco es raro encontrar rasgos psicopáticos de los llamados adaptados: avanzan con más facilidad, a veces pasando por encima de otros. No es para tenerles envidia. En cualquier caso, mejor no compararse con otros: compárate contigo mismo.

Nos cansamos y sentimos la necesidad de parar. Queremos parar, queremos descansar. Pero, al mismo tiempo, seguimos en movimiento. En realidad no podemos parar del todo: podemos detener algunas cosas, pero la vida continúa y nosotros seguimos moviéndonos. No es posible quedarnos completamente sin hacer nada, aunque a veces lo anhelemos. No podemos darle al off, ni quedarnos en stand-by, ni vivir en vacío: siempre hay algo, siempre estamos en movimiento. Y como decía Virginia Woolf, “no se puede encontrar la paz evitando la vida”. No se trata de encontrar descanso dejando de hacer las cosas, sino de encontrar equilibrio dentro del movimiento. Nuestro equilibrio es dinámico: un equilibrio en movimiento.

Por eso es interesante —y muy importante— saber leer las señales del cuerpo: escuchar al propio cuerpo, identificar el cansancio y reconocer las propias emociones. Mi cansancio no me lo indican el reloj, ni los dispositivos, ni las aplicaciones. Está bien monitorizar los pasos que damos en el día o las horas que dormimos. Pero todo eso solo complementa algo más importante: la vivencia interna, la sensación corporal, los signos y señales que percibimos. Conviene prestarles atención y ejercitarse en aprender a leerlas —salvo que uno sea especialmente hipocondríaco; los hipocondríacos pueden saltarse este párrafo, de hecho—. Si nos fiamos solo de los indicadores que nos da el reloj inteligente, podemos acabar olvidándonos de las señales corporales que realmente sentimos, e incluso dejar de escucharlas. Y eso puede llevarnos a quedarnos cortos en ejercicio o, por el contrario, a excedernos, simplemente porque miramos una pantalla sin leer el cuerpo. Esto se ve especialmente claro con el sueño: puede que hayamos dormido bien y nos sintamos bien, pero al mirar el reloj nos angustiemos o nos desanimemos por lo que nos dice. Tiene su gracia, la verdad. Al final, se trata de aprender a leer el propio cuerpo.


Falsos descansos

La evasión como forma de descanso tiene sus peligros. Evadirse es, en el fondo, intentar parar la vida, dejar de moverse, aunque sea un rato… y la vida no se puede parar. El porro te evade: dejas de sufrir durante un tiempo, pero luego tienes que volver a engancharte a la vida. Y la vida ha seguido, y sigue, y además pagas los efectos secundarios, claro está. El botellón o el desmelene de la discoteca, con música ensordecedora y alcohol, pueden producir algo parecido: un momento de high, una mezcla de emoción y anestesia. Pero evadirse no es la solución. No solo porque sea un parche, sino porque intenta descansar negando la realidad: sin aceptar la limitación y queriendo renunciar a nuestras responsabilidades, como si pudiéramos romper o interrumpir nuestra continuidad biográfica. Y ahí no puede estar el descanso. El descanso debería ser posible sin renunciar ni interrumpir nuestras responsabilidades. Como una madre, arquetipo. La madre nunca se olvida de sus hijos; incluso cuando descansa, sigue pendiente. Así era mi madre también. Y quizá algo de eso deberíamos aprender todos: descansar sin salirnos de la vida.

Algo parecido ocurre con el uso de los dispositivos y la hipercomunicación. Tan al alcance de la mano tenemos la pólvora que puede hacernos arder… o convertirse en una vía para vivir mejor. Del mismo modo que el móvil en el bolsillo puede invadirnos, atraparnos y potenciar las adicciones, ese mismo dispositivo también puede canalizar nuestra energía para recogernos, centrarnos y estar mejor: puede ser una herramienta para el orden interior. Lo mínimo sería esto: tomar conciencia del uso que hacemos del móvil; crear espacios de desconexión —o de conexión mínima— y disfrutarlos, por la noche, al amanecer mientras nos recomponemos y retomamos el control, o cuando queramos; no permitir que el móvil marque nuestra agenda —somos nosotros quienes decidimos qué hacer—, porque no podemos vivir reaccionando continuamente; y, en principio, no contestar rápido. Cada uno a su manera, pero es necesario. Y, además, hasta puede ser divertido.

Conviene tener cuidado también con los equilibrios de alto gasto: esos equilibrios en los que vamos corriendo y en modo intenso a todas partes, compensándolo luego con actividades de descanso también a presión. Está bien hacer ejercicio, claro. Pero cuando “necesitamos” hacer tres horas de deporte intenso cada día aparece un problema: no es sostenible indefinidamente. El descanso pasa entonces de ser una afición a convertirse en obsesión o incluso en adicción. Y cuando falta ese ejercicio intenso aparecen síntomas de abstinencia —o algo parecido—, aunque la mayoría de las veces no se trate de abstinencia propiamente dicha, sino de la ansiedad que genera un ritmo de vida demasiado alto que solo se sostenía gracias a ese ejercicio intenso que lo regulaba. En esas situaciones, romperse un tobillo es un drama. Por eso conviene identificar estos equilibrios de alto gasto para ir desplazándolos poco a poco hacia formas de equilibrio con menor gasto.


Vivir cansándose menos

No se trata solo de descansar cuando hace falta, sino de aprender a vivir cansándose menos. Hay modos de vivir que requieren un mayor consumo de energía y, por tanto, cansan más. Los excesos cansan: la presión, el estrés, está claro; pero también comer en exceso. Y es bien sabido que determinados alimentos requieren más energía para su digestión, de modo que suele cansar menos comer ligero y sano. Si nos cansamos menos, también necesitamos descansar menos.

Del mismo modo que existe una manera de comer —y no es solo un ejemplo— existen otros aspectos de nuestra manera de vivir que influyen en el cansancio. Por ejemplo, el uso de la tecnología y de las comunicaciones: cansa estar en constante hipercomunicación, cansa estar pendientes de redes y de likes, cansan las pantallas. En el fondo se trata de avanzar hacia formas de vida con menor gasto energético y menor necesidad de descanso. También conviene modular el pensar en exceso. El sobrepensar desgasta: la obsesividad cansa, y el perfeccionismo también.

Comer mucho o comer mal también cansa, qué cosa. Y conviene aprender a leerlo. Esto ocurre siempre, pero se nota más conforme pasan los años. Y no tienen que pasar muchos para notarlo: a partir de los treinta todos somos ya un poco viejos en este sentido, como los atletas. No es que canse más cuando tenemos más años, sino que se nota más porque tenemos menos margen de energía. Cuando se es joven se pueden hacer más locuras y cosas desordenadas porque hay mucho margen; pero ese margen desaparece enseguida.

Además, lo de la comida y el cansancio habla mucho de la potente interrelación entre el aparato digestivo y el sistema nervioso: eso que cervantinamente llaman el eje intestino-cerebro. Tiene también una explicación evolutiva bastante clara. Se lo escuché al profesor Ignacio López-Goñi en una presentación de su libro Microbiota y salud mental (2025). Venía a decir algo así: el cerebro humano consume más energía que el de otros animales y, además, caminamos erguidos. Para compensar ese gasto energético fue necesario “simplificar” el aparato digestivo. Parte de la digestión que otros animales realizan dentro del propio organismo, el ser humano la realiza fuera… cocinando. En el fondo hay un problema de economía de energía ligado a la digestión, y eso ayuda a entender la relación entre lo que comemos y el cansancio. No es indiferente si comemos más o menos, ni si comemos mejor o peor.

Este modo de vivir cansándose menos también es importante en el trabajo: trabajar cansándose menos. El trabajo conlleva cansancio, claro, pero hay trabajos distintos y también maneras distintas de afrontar un mismo trabajo. Está claro que no todo depende de uno mismo. El propio “uno mismo” es solo una parte de las variables a modificar. Podríamos simplificar —con cierto sentido— diciendo que el bienestar en el trabajo depende de tres factores. Primero, el factor personal: manejo del estrés, aprendizaje, hábitos, lo que está en mi mano, mi planificación, mi autoexigencia, mi sueño, mi ejercicio. Segundo, el factor de equipo: el ambiente de trabajo, las relaciones con los compañeros, los jefes fáciles o difíciles. Y tercero, el factor estructural: la organización, la empresa, las políticas, la distribución de tareas, los horarios, la retribución y otros beneficios.

Así que no todo depende de uno mismo. Pero uno mismo sí puede cambiar bastante: puede modificar sus hábitos y también su manera de mirar lo que le rodea. En cualquier caso, una forma de cansarse menos consiste en buscar un equilibrio razonable en el trabajo: en el ritmo y la presión, en la relación entre trabajo y descanso, en lo que nos llevamos a casa y lo que dejamos en el trabajo. También influyen otras situaciones: tener dos o tres trabajos en paralelo, trabajar desde casa o la dificultad añadida de las empresas familiares, donde uno es a la vez trabajador y responsable de otros. Con todo esto conviene hacer balance. Al trabajo no vamos necesariamente a hacer amigos, pero tampoco se trata de vivirlo como un choque permanente en nombre de la eficacia. Es deseable estar a gusto trabajando, sentirse integrado en el equipo y disfrutar, al menos en parte, de las relaciones laborales. Cuando eso ocurre, todo cambia.


Descansar de verdad

Conviene recordar que no solo cansa el estrés. Cansa tanto la velocidad como el vacío. Cansan la falta de contenido, la falta de motivación, la falta de dirección, la falta de sentido. Es duro estar quieto y no saber qué hacer, no tener ningún lugar al que dirigirse y limitarse simplemente a sobrevivir. No tener propósito lleva a regodearnos en lo fisiológico y en el placer, en el juego por el juego… y eso también cansa, y deprime.

Esto puede verse en la inacción forzosa —por llamarla de alguna manera— a la que pueden llevar la falta de recursos o la pobreza. Pero también aparece en el exceso: en no necesitar nada, en tenerlo todo sin haber tenido que pelear nada, en levantarse cada día solo para administrar y disfrutar. Es otra forma de vacío, de aburrimiento que también cansa. Cuando no se tiene, sin duda es deseable alcanzar un mínimo. Y cuando se tiene, no es solo deseable, sino necesario dar y producir: no solo tener, administrar y disfrutar.

También cansa darse demasiadas vueltas a uno mismo. Cansan el egocentrismo, el narcisismo y el egoísmo. Porque el “uno mismo” es… insaciable, agotador. Desde la perspectiva de la salud y del equilibrio también compensa ser buena persona. No es solo una cuestión ética: cansa menos la generosidad, el amor, el darse. Cuando uno se da, se desprende un poco de sí mismo y desaparecen muchas de esas expectativas insaciables. Esto vale para todas las etapas de la vida, pero quizá especialmente cuando, al avanzar los años, disminuyen algunas obligaciones —por ley de vida— y aparece la tentación de dedicarse en exceso, o incluso en exclusiva, a uno mismo y a cuidarse… sin equilibrio. Ayudar, dar y darse: también descansa desde dentro.

El descanso es valioso, pero con frecuencia lo sobrevaloramos. Es necesario, sí, pero también es fácil obsesionarse con él. Y de eso no se trata, porque al final es peor y, además, no responde a la verdad de la vida. La realidad es otra: hijos pequeños, contratiempos, hijos adolescentes, mayores que cuidar, enfermedad, limitaciones, dolor y molestias… todo eso forma parte de la vida, y muchas veces también de la norma. El sosiego completo y la ausencia de preocupaciones son más bien un lujo, casi una utopía. Son lo excepcional, más un deseo que una realidad estable. Por eso conviene aprender a desprenderse un poco del descanso: aceptar la realidad tal como es y no vivir pendientes de alcanzar un estado perfecto de tranquilidad. Y, desde luego, sin hacer ostentación de ello.

Además, conviene no condicionar el descanso a actividades caras o sofisticadas. No es necesario gastar ni viajar para descansar, aunque es verdad que hay viajes y actividades que pagamos que descansan y divierten. El problema aparece cuando uno siente que no puede descansar si no es esquiando en las Rocosas o veraneando en esas aguas de Menorca que vemos en la tele y que quizá ni existan. Recuerdo un libro sencillo pero luminoso, Plan B – 25 actividades gratuitas para tiempos de crisis (Josemaría Echevarría Echepare, 2012), en el que se sugieren, con bastante gracia, actividades fáciles y al alcance de cualquiera: ordenar papeles viejos, sentarse en un banco, asustar —solo un poco— a otros viandantes, mirar escaparates, sacar fotos sin cámara, hacerse el dormido, dibujar raro… y más. Descansar es fácil. Y barato.

En cualquier caso, aprendamos a disfrutar de lo sencillo: leer, caminar, disfrutar del arte, aprender a respirar y a contemplar. Es un estilo de vida.

Pierde el tiempo conscientemente. No todo es eficiencia ni productividad. Vivir no consiste en estar haciendo algo “productivo” en todo momento. Perder el tiempo es importante, es necesario, es inevitable. La cuestión no está en si perdemos el tiempo o no: la cuestión está en en qué lo perdemos y de qué manera lo perdemos. Y, de hecho, la humanidad de un grupo social podría medirse por sus formas de ocio y de descanso, por cómo se pierde el tiempo. Perder el tiempo con otros, y de manera sana, es mejor.



“Lo que provoca la depresión por agotamiento no es el imperativo de pertenecer solo a sí mismo, sino la presión por el rendimiento (…) Lo que enferma no es el exceso de responsabilidad e iniciativa, sino el imperativo del rendimiento, como nuevo mandato de la sociedad del trabajo tardomoderna”.

— Byung-Chul Han, La sociedad del cansancio (2017).


Enrique Aubá, 1 de abril de 2026


Este post es una versión desarrollada de un guión de hace unos años, lo tenía pendiente.

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