jueves, 16 de abril de 2026

Llévame a casa (Jesús Carrasco, 2021)

Juan regresa al pueblo tras la muerte de su padre y se reencuentra con su madre y con su hermana Isabel, la que se ha quedado, que le reprocha su huida; y ahora es ella quien se va. Juan se queda, al principio como una imposición forzada, para después ir reencontrándose consigo mismo: la identidad que buscaba huyendo la encuentra como hijo, en la familia.

Biografías cubiertas por el polvo de los años: silencios acumulados, palabras nunca dichas y una forma de quererse áspera, hecha más de gestos que de afecto explícito. Mientras acompaña a su madre en su progresivo deterioro, un deterioro también con algo liberador, descubre el valor de una vida sencilla, entre objetos cotidianos y realidades palpables que despiertan la nostalgia.

“Piensa que G, la mujer que abraza a su madre, lo hace porque ella no tiene que pasar por encima de las murallas que la familia impone, ya que es un cuerpo proveniente del exterior y, por tanto, no sujeto a las limitaciones de lo doméstico. Nunca, en la vida, ha visto a su madre ser tratada de semejante manera. La estampa de las dos mujeres recuerda al regreso del hijo pródigo de Rembrandt. Hay algo bíblico en ellas. Un amor fraternal que a Juan le produce cierto sonrojo. Siente que esa mujer usurpa un lugar que debería ocupar él”. 

“G deshace el abrazo tan suavemente como lo inició. Ahora las dos están frente a frente, cogidas de las manos, mirándose a los ojos. Siento mucho lo de tu marido, le dice. De verdad que lo siento. Y luego, dirigiéndose a Juan, este debe de ser tu hijo. La madre asiente”.

“Nunca había visto a su madre en los brazos de alguien extraño. De hecho, no recuerda haberla visto nunca en los brazos de nadie. Su madre, ha descubierto, tiene una vida en la que hay lugar para esa clase de afectos. ¿Qué ha hecho ella para merecer el cariño de G y del doctor C? ¿Dónde estaba él mientras ese abrazo se fraguaba?”.

“El abrazo de G a su madre le ha pillado tan de improviso que todavía no sabe qué hacer con él. No había contado con que ella tuviera una vida emocional autónoma. Nunca se había planteado que hubiera cultivado afectos más allá de la familia. Hay algo hermoso en ello, lo sabe. Sin embargo él se siente, una vez más, ridículo, porque se da cuenta de que ha estirado hasta la vida adulta una idea infantil sobre la forma de amar de su madre: vuelta hacia la familia, exclusivamente volcada en los hijos”.

En nuestro espacio de lectura compartida, decía Maite: “Me ha hecho pensar… me preguntaba… a lo largo de mi vida… ¿realmente he visto a mi madre, no como madre sino como mujer? Con sus anhelos, deseos, ilusiones… Pues la verdad, no lo sé. Qué duro”.

Jesús Carrasco, que había sorprendido con Intemperie y que se gustará en Elogio de las manos, es en Llévame a casa donde alcanza una resonancia más amplia, en una historia familiar contenida, atravesada por la vida del pueblo, sus ritmos y sus vínculos.


Enrique Aubá, 16 de abril de 2026
Desde el ocaso, espacio de lectura compartida
(lo había leído en 2021 cuando se publicó, lo he vuelto a leer ahora con gusto en nuestro club de lectura)


“Los relojes no deberían estar llenos de arena sino de polvo. Es el polvo lo que verdaderamente nos ayuda a entender el paso del tiempo. El polvo es un fenómeno tan consistente como la gravedad pero sin su prestigio científico, ni su Newton, ni su unidad en un museo de París. Si se sostiene un cuerpo a un metro del suelo y se suelta, cae. Si se deja pasar el tiempo y nada se toca ni se remueve, el polvo también cae. No se sabe dónde está, pero está. Se deposita en las superficies planas y también en las inclinadas. Se mezcla con grasa en las campanas de cocina formando un lodazal que termina encostrándose. Metafóricamente, el polvo también se asienta en los silencios. Entre su padre y él había kilos de polvo. También en el espacio que le separa de su madre y, en menor medida, entre él y su hermana”.



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