volvemos a la Luna para quedarnos;
desde el cielo habló la Luna llena.
Con los ojos cerrados, me dejo llevar. Floto. Será cosa de la gravedad, esto parece una nave, no sé yo. Tengo todo lo que necesito: ingiero, los restos los recogen otros, y juego. Prefiero el deporte de contacto, aunque me muevo poco, la verdad. No puedo decir que esté en forma. De hecho, tengo como flotadores, con grasa de la buena. Escucho música, me encanta, pero que me la pongan: yo no voy a levantarme para ponerla. También escucho que dicen mi nombre, o el que será mi nombre, Polo, que nada tiene que ver con Leopoldo. Por mí, seguiría siempre así, no me movería, este estilo de vida es perfecto. No es que tenga mucho mérito, la verdad, ya que me ha sido dado. Pero es mío. Parece una nave, repito, pero me da que no. Ella me lleva.
Luna. Mi madre se llama Luna. Fue un capricho de su padre que, cuando era niño, estaba fascinado con la hazaña del Apolo. Ese estuche de lapiceros con el XIII medio borrado, parecía más bien un XII, o incluso XI: ironías e injusticias de la historia.
Estoy en la cama, entre edredones, ¿dónde mejor?: no querría salir nunca. En realidad, de donde no deberíamos salir nunca es de la matriz primera, la originaria, pero de esa me echaron, a empujones, con violencia. No lo perdonaré nunca. No sé exactamente a quién: al mundo en general, a todos, que además ponen leyes y normas. Los mismos que ahora insisten en que me levante, que salga de la cama, pero ¿para qué? Solo Ella me entiende a la vez que sufre. Por Ella me levantaría, solo por Ella.
Toco la pared, y el suelo con su moqueta, y ese rodapié un poco desconchado. Y la baldosa, con esa geometría curiosa y su singular tacto. No suena música como antes, sino el dichoso carrusel deportivo. Quiero la tablet y que pasen las horas moviéndome con el dedo, sin tener que tocar la moqueta, ni las baldosas, ni la pintura de la pared. En la tablet lo tengo todo: ese otro mundo, los vídeos, la red, esa otra matriz. Por eso me debe de gustar tanto. Dibujos animados con acento de otras tierras, insulsos y sin alma, en bucle. A Ella no le gusta, se le nota en cómo se le arruga la cara. Pero ahora sí que voy a enfadarme también con Ella, no solo con el mundo. Ella ha pasado a formar parte del mundo.
Un día le mandé a la mierda del todo, qué pesada. Como todos. Que si no les gusta la gente con la que voy, a nadie le gusta; debe de ser algo contagioso entre los mayores, o manías generacionales, a mis amigos les pasa lo mismo. Por eso nos quedamos en la bajera, tan a gusto, que no nos saquen de ahí. Es nuestro terreno seguro, con nuestras leyes y normas, no las de ellos. Y con los porros, benditos porros: evaden de tanto rollo, alivian esa presión asfixiante de los mayores, olvidan las dichosas responsabilidades de la vida. Y nos quedamos quietos, o algo más atrás, como pretendiendo volver a la matriz primordial.
Parece que algo he madurado, o eso dice mi abuela. Que el trabajo me está haciendo bien. Y esa chica, que me conviene. No le dejo que me diga lo que me conviene y lo que no, pero sí, esa chica algo tiene. Arte se llama, dice que es diminutivo. El nombre es raro, sí. Es adoptada, no tiene pudor en decirlo: es más, lo dice con orgullo. Su madre debe de ser algo excéntrica, una de esas singularidades con encanto, tipo Susanna Tamaro. Y la verdad es que también tiene arte. No es como las otras relaciones que he tenido, las de para estar un rato. Arte hace que quiera ser mejor. Es sencilla. Le gustan las hamburguesas, nos gusta ir a comer juntos, se le ilumina la cara. No le importa tanto el físico, y mira que es guapa. “Descuida de las chicas que no disfrutan con la comida”, le decía su madre, la que debe de ser como Susanna. Es de una belleza redondeada, con más curvas que rectas, no como las otras. Se lo pasa bien sola, es tranquila. Congenia con mi madre, y a mi madre le encanta.
Los dioses tienen sus tensiones, también Apolo y Artemisa, y la toman con nosotros: somos víctimas, o una prueba de que hay alguien más allá, en la luna o donde sea. Apolo empuja, Artemisa sostiene. Son gemelos, de un mismo útero; en los úteros se juega el futuro. Dejar salir y sostener; aceptar sin pretender contener para siempre; estar presente sin absorber.
Ahora hay un hijo. El niño es vida en esencia: juega, ríe, llora, desordena. Dice que no, y que yo: es el centro, de eso se trata. A veces me pierde la paciencia. Su madre, Arte, le cuida. La otra ella. Cuánta razón tenía mi madre: nada de tablet, que pierda el tiempo, que se aburra. Con la moqueta, con la pared rugosa, con el rodapié medio roto. Y pena que no tengamos baldosas de esas geométricas. Su madre le cuida, le da lo que ella no pudo recibir, sin ningún rencor. Arte no tiene memoria. Mi misión ahora es clara: les protejo, dejo que ella cuide, y yo me ocupo de la cáscara, de la casa, un recuerdo de la cama, de aquella matriz primera. Y mi primera Ella siempre está, cuando hace falta.
Desde que Ella se fue, nada es igual, como que el universo se ha vuelto inestable. Le contaría que el chico ha empezado la universidad, lo que yo no hice y Ella quería. Que tiene sueños, que tiene novia, y que quiere ser astronauta. Para ir a la luna, qué cosas. Te preguntaría. Te llamaría, como hacía antes, cuando me metía en el coche. Y ahí es cuando recuerdo que no estás, y me río. Me río porque me veo desde fuera, como hablando solo, pero, sí estás. Y hablamos aunque no me cojas el teléfono. Y volveremos a estar juntos. En esa cama eterna, de la que nunca saldremos, en esa casa, porque ya todo está.
Nos veremos en la luna, seguro. Y elegiremos juntos un nombre para nuestra nave.
