jueves, 12 de marzo de 2026

La Reina de las Nieves (Carmen Martín Gaite, 1994)

“Casi todas las tardes, a la caída del sol, la señora de la Quinta Blanca salía a dar un paseo hasta el faro. Nunca la acompañaba nadie. Caminaba erguida, con paso lento y armonioso, como abstraída en sus cavilaciones”.

Esta novela tiene algo mágico, un misterio que te envuelve. Una elegante mujer caminando por los acantilados. Un joven recomponiéndose, buscando orden en las piezas de su vida, intentando comprender, comprenderse, identidad y memoria. Una escritora jugando con el proceso creativo, componiendo, intentando encajar piezas y poner orden.

“Parece mentira que estemos en la cárcel… y es que es mentira. Si fuera verdad no se podría soportar… Si te limitas a estar aquí, sin preguntarte qué es esto ni por qué has venido, entonces es todo mentira, absurdo, y empiezas a estar bien, no se te clava. Fuera no, fuera siempre parece todo verdad, por desgracia. Y luego cuando llegas aquí comprendes que también es mentira… Porque crees que puedes abarcarlo todo, ir a donde te dé la gana, decidir miles de cosas desde dentro de ti, y luego no puedes, no descansas, solo vives atento a no pegarte contra las esquinas de los demás, del tiempo,...”.

Se mezclan lo real con lo onírico y con el recuerdo. Pero ¿acaso la memoria y los sueños no son tan reales como lo palpable? Tangencialidad mental y drogas, —hash, es el Madrid de los 70-80—, quizá para intentar que las piezas estén algo quietas y poder identificarlas, aunque también puedan disgregarse.

"Mi madre me intrigaba más que mi padre, mucho más, me preguntaba por qué tendría los dedos tan finos y tan fríos, por qué a veces me miraba como si estuviera tratando de espiar mis pensamientos o me estuviera reprendiendo por algo”.

Desgarro, misterio, amores y secretos, belleza. Y La reina de las nieves de Hans Christian Andersen, con Kay y Gerda; La dama del mar de Henrik Ibsen; y El caminante sobre el mar de nubes de Caspar David Friedrich. E inseparable, en la portada de esa inolvidable edición, Miranda en la tormenta de John William Waterhouse: esa mujer de largo vestido y melena pelirroja mirando al mar embravecido, la tempestad, y un naufragio.

La narración puede leerse también como un proceso de recomposición de la identidad. Leonardo intenta ordenar los fragmentos dispersos de su propia experiencia: recuerdos, relatos, imágenes, voces que aparecen de manera discontinua. El cuento de Andersen atraviesa la novela: el espejo roto, cuyos fragmentos se meten en el ojo y en el corazón de Kay, recuerda esa percepción fragmentada de la realidad que debe ser recompuesta. Comprender la propia vida es también poder reconstruir una historia coherente.


Enrique Aubá, 12 de marzo de 2026


“También era, al mismo tiempo, el pequeño Kay siguiendo a la Reina de las Nieves y sabía –de esa manera tan confusa pero tan evidente con que se saben las cosas en los sueños– que, para salvarme del peligro, tenía que recordar el cuento y contárselo a alguien.”

“Kay de repente se frotó un párpado y exclamó asustado: «¡Ay!, no sé lo que se me ha metido en el ojo, me duele mucho, es como una aguja de hielo, y también me duele el corazón.» En aquel tiempo había en el mundo un espejo mágico fabricado por ciertos diablos; al mirar dentro de él se veían solo las cosas malas y desagradables y se olvidaban, en cambio, las buenas. Una noche los diablos aquellos, excitados de gozo al hacer el recuento de los muchos niños que se habían vuelto malos por mirarlo aquel día, no tuvieron cuidado al colgarlo del clavo donde lo solían dejar. El espejo, que era muy delicado, resbaló y se rompió en mil pedazos tan pequeños como partículas de polvo impalpable que volaron por la atmósfera y se extendieron por todo el mundo. Si una de ellas acertaba a caer en el ojo de alguna persona, todo lo empezaba a ver bajo su aspecto malo, pero lo peor era que se le colara hasta el corazón, porque entonces se le iba enfriando y enfriando hasta convertirse en un pedazo de hielo.”

“La señora del manto blanco le volvió a besar y entonces Kay ya se sintió completamente bien, porque no sentía nada. Todo era igual, todo era eternamente blanco. Olvidó a Gerda y a los chicos de la plaza, olvidó el verano, las flores, los cuentos, la tabla de multiplicar y toda su existencia anterior, incluida su propia casa y la callejuela en cuesta que llevaba a ella. «Ahora no te besaré más», dijo la Reina de las Nieves, «porque, de hacerlo, morirías.» Pero el corazón de Kay estaba ya tan frío como la muerte.” 

“Cuando Gerda lo vio, corrió hacia él y le echó los brazos al cuello. «¡Kay, mi querido Kay! ¡Por fin te he encontrado! ¡Ha sido tan largo el camino, tan lleno de peligros!» Pero Kay no se movió. Permaneció allí rígido e indiferente, mirando a su amiga sin verla. Entonces ella rompió a llorar con desconsuelo, y sus ardientes lágrimas, resbalando por el pecho del niño, se abrieron camino hasta su corazón de piedra.”


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