lunes, 13 de junio de 2022

CODA: los sonidos del silencio

 




CODA (Sian Heder, 2021), es una de las películas del año, sin duda. CODA: Children Of Deaf Adults, "hijos de adultos sordos". Quizá sea verdad que es una película pequeña, vale: es un remake de la película francesa, "La familia Bélier" (Eric Lartigau, 2014), y es todo una Feel-Good Movie con aire de serie B. Podemos discutir si se merecía o no los tres premios Óscar que ganó, de acuerdo. Pero  es preciosa, no dejes de verla, o vuelve a verla.

Una familia de sordos en la que una hija adolescente, Ruby, oye y habla. Tiene una familia unida, que se quiere, y ella desempeña de hecho el papel de traductora e intérprete, un rol que marca su identidad. En plena transición a la vida adulta, quiere crecer, desarrollar talentos, quiere ser ella, pero no es fácil dar pasos sin que se tensione el equilibrio familiar. "Yo nunca he hecho nada sin mi familia". Además, quiere cantar, lo que no deja de tener su gracia siendo una familia de sordos. "Me he apuntado al coro. Me gusta cantar". Le dice a su madre, que le mira riéndose: "Eres joven. Si yo fuera ciega, ¿te gustaría pintar?".

La película nos acerca al mundo de personas con discapacidad auditiva, nos ayuda a entender mejor el aislamiento contra el que deben luchar, a la vez que muestra toda la riqueza interior y de relaciones que tienen, como todas las personas, aunque de otra manera. Nos enseña así que hay muchas formas de comunicarse más allá de la palabra hablada, es un alarde de modalidades sensoriales y gestualidad, expresividad, música, lenguaje de signos, silencios. La película tiene algunas bromas y diálogos en torno a la sexualidad que uno percibe que no están de más, como sin embargo sí sucede en algunas películas: está hablando de expresión y comunicación a través de la corporalidad en el contexto de una discapacidad sensorial.

Tiene diálogos en silencio que emocionan: "Cuando naciste en el hospital, te hicieron una prueba de audición.. allí estabas, tan pequeñita, tan dulce... llena de electrodos por todo el cuerpo... y yo..  recé para que hubieras nacido sorda. Cuando me dijeron que oías... el corazón me dió un vuelco... ¡me preocupaba que no conectáramos!...como yo y mi madre, no estábamos unidas. Creía que te fallaría, que ser sorda me convertiría en una mala madre. Pero sinceramente, me alegro de que sepas quién eres". Interesante ejemplo del papel de los vínculos, del papel del apego.

En un momento social de desestructuración y deconstrucción familiar, CODA nos cuenta una historia con la que todos sintonizamos , escenas de la vida de una adolescente en proceso de maduración en una familia con referencias, con anclajes. Se puede crecer con rumbo o sin él.  Podemos saber dónde está el norte y elegir hacia dónde ir, o podemos no saber ni dónde estamos. Pero no da igual. CODA es una luz que brilla en la oscuridad. Cuando la oscuridad y la confusión pasan a ser la norma, los puntos de luz contrastan más. Lo vamos a ir viendo.


Enrique Aubá, 13 de junio de 2022

viernes, 3 de junio de 2022

Las reglas del juego














Quien pone reglas al juego,
se engaña si dice que es jugador:
lo que le mueve es el miedo
de que se sepa que nunca jugó.

Desde hace años, resuenan periódicamente en mi interior estos versos de Aute ("De paso"), aunque con un sentido distinto del que supongo que pretendía, más de crítica política. A mi me dan luz en momentos de dificultades, tanto para mi como para ayudar a otros.

El juego tiene reglas. Los juegos de cartas, tienen sus reglas; los videojuegos, tienen sus reglas; el fútbol, tiene sus reglas.

Todos conocemos a personas que optan por no jugar. El que se "pica" porque no le salen las cartas que desea, y deja tirados a los otros con la baraja y el tapete.  El que se enfada a mitad de partido y se va con el balón, para cabreo de todos, aunque lo había traído él. El que desenchufa la consola porque no avanza fluido en las pantallas del videojuego. Como apunta Aute, no son verdaderos jugadores.

La vida también es un juego. El juego de la vida tiene sus reglas. El objetivo del juego es el amor, y la alegría y la paz, frutos relacionados. Para avanzar en el juego, hay que ir creciendo, superando obstáculos y dificultades: miedos, sufrimientos, limitaciones, pérdidas, enfermedades. En el juego, no estamos solos: nos apoyamos, caminamos juntos, ayudamos, creamos vínculos. Lazos que permanecen. Ataduras que nos ayudan a avanzar entre el miedo y el valor, entre la tristeza y el gozo, entre el placer y el dolor. Nos sostenemos unos a otros. Nos importamos.

El suicidio no es una opción, es no querer jugar. Luchamos socialmente contra el suicidio, intentamos ayudar a las personas que se sienten ofuscadas y se ven como en un callejón sin salida. Tienen que saber que no están solos, que la vida no es del negro que perciben, que hay alternativas.

El suicidio asistido y la eutanasia, tampoco son opciones. Permitirlos es admitir la posibilidad de no jugar como otra regla del juego, contradictorio en sí mismo. Lo vemos en la consulta, lo vemos en la calle. El que sufre anhela afecto, empatía, alivio, comprensión. Cuando se acepta la posibilidad de no jugar, entonces se hace menos por sacar ese aliento, esa energía, esa esperanza necesaria para seguir jugando.

Vivamos. Amemos. No vale no jugar.

Enrique Aubá, 3 de junio de 2022

domingo, 29 de mayo de 2022

Juramento Hipocrático



Ayer leí e hice mío de nuevo el Juramento Hipocrático. Es conocido que hay distintas versiones, traducciones y adaptaciones. Ésta me encantó. Lo copio para poder releerlo de vez en cuando. Y para el que le interese, no tiene desperdicio:

Juro en la presencia del Todopoderoso, y delante de mi familia, mis maestros y mis colegas que, según mi capacidad y mi juicio, guardaré este Juramento y cada una de sus Cláusulas.

Tendré a todos los que me han enseñado el arte médico el AFECTO les debo; y con su mismo espíritu y entrega, impartiré a otros el conocimiento de la Medicina.

Con diligencia, me mantendré al día de los AVANCES de la Medicina. Sin discriminación y en la medida en que ello no ponga en peligro la atención que debo a mis otros pacientes, trataré a todos los que soliciten mis servicios;  y cuando así lo requiera el bien de mis pacientes, buscaré el consejo de colegas más competentes.

Seguiré el método de tratamiento que, según mi capacidad y juicio, me parezca el mejor para BENEFICIO de mi paciente, y me abstendré de toda acción dañosa o malintencionada.

Tendré el máximo respeto a toda VIDA HUMANA desde el momento de la fecundación hasta el de la muerte natural. Rechazaré el aborto, que destruye intencionadamente una existencia humana, única e irrepetible. Nunca prescribiré ni administraré a ningún paciente, aun cuando me lo pidiere, una medicina en dosis letal, y nunca aconsejaré cosa semejante. Nunca haré nada, por acción u omisión, con el propósito directo y deliberado de acabar con una vida humana. No prolongaré la agonía del moribundo con tratamientos inutiles y obstinados. Por el contrario, procuraré aliviar sus sufrimientos, administrándole, con competencia y humanidad, los remedios de la medicina paliativa.

Viviré y ejerceré siempre mi arte con pureza y RECTITUD. A no ser que sea necesario por la urgencia extrema de la situación, nunca trataré a mis pacientes sin su CONSENTIMIENTO informado o el de quien los represente. Y lo mismo haré cuando investigue sobre seres humanos.  A cualquier lugar al que vaya a atender a mis pacientes, iré para su beneficio , me abstendré de toda acción voluntaria maliciosa o abusiva, y jamás seduciré a ningún paciente.

Todo lo que dentro de mi práctica profesional o fuera de ella, pueda ver u oír de la vida de mis pacientes y que no deba ser divulgado, no lo diré a nadie, consciente de que de todo ello deberé guardar SECRETO.

Mientras guarde inviolado este Juramento, que se me conceda disfrutar de vida, y practicar el arte y la ciencia de la Medicina con la bendición del Todopoderoso y con el respeto de mis colegas y de la sociedad. Pero si quebrantara y violara este Juramento, que lo contrario sea mi destino.


Enrique Aubá, 29 de mayo de 2022



lunes, 18 de abril de 2022

Publicidad en Semana Santa

Ha sido maravilloso sentir cómo esta Semana Santa nos hemos movido con libertad, recuperando la vieja normalidad. Unos a ver procesiones, otros a la playa o a la montaña. Escapadas rápidas a otros países, mucho turismo nacional. Sin mascarillas por las calles, respirando profundo, relajados.

El sábado, día tranquilo, dediqué un rato a empaparme de prensa. Muchos se han molestado –yo también– con la desafortunada campaña de Burger King, que ha tenido repercusión en redes. El poco tacto resultaba ofensivo. A mi me ha incomodado más, cuando estaba buscando noticias de Ucrania, encontrarme en la web del periódico un link a "Las mejores películas eróticas para disfrutar de la pareja en Semana Santa". Sin más, una sugerencia, por si alguien está aburrido.

Parece un poco triste tener que hacer publicidad de películas eróticas para disfrutar de unos días de vacaciones, como si no hubiera planes mejores. Parece retorcido y mentiroso dar por sentado que las películas eróticas mejoran la sexualidad de la pareja, cuando presentan una sexualidad irreal que distorsiona e interfiere. Parece degradante presentar la pornografía (soft porn o casi porn, pero porn) como una actividad normalizada, como si no estuviéramos observando el efecto devastador y adictivo en tantos mayores y pequeños. Parece lamentable que en un periódico de información general tengas que encontrarte con el fomento de una sexualidad hipertrofiada y desnaturalizada.

La página es del suplemento "de lujo" Fuera de serie, que acompaña a Expansión, y que se anuncia tanto desde El Mundo como desde Marca (forman parte del mismo grupo editorial). Otros harán parecido, pero de estos medios me consta, tiendo a consultarlos con frecuencia. Este tipo de anuncios no son de ahora, solo que me ha llamado más la atención en el momento de la Semana Santa.

No sé si es estrategia de publicidad para enganchar lectores o si tiene un interés más directo de educación sexual, intuyo que hay un poco de las dos. En cualquier caso, iros a la mierda. Algunos ya han anunciado que cambiarán de hamburguesería. Yo voy a ver cómo hago para cambiar de fuentes de información.


Enrique Aubá, 18 de abril de 2022

martes, 12 de abril de 2022

Violencia y ofuscación en los Oscars


Y yo que pensaba que no había nada superable a Eurovisión, voy a tener que aficionarme a la gala de entrega de los premios Oscar. Cuando ya nos habíamos olvidado de lo que podría haber sido el Ay Mamá de Rigoberta Bandini con otra puesta en escena y estábamos empezando a barajar las posibilidades del SloMO de Chanel, nos encontramos con el desafortunado incidente entre Chris Rock y Will Smith. La bofetada domina la información de los Oscars  y hasta nos cuesta enterarnos de que CODA se ha llevado la estatuilla a mejor película superando a la favorita El poder del perro. Cosas como estas hacen que te entren ganas de retomar un blog. Pero ¿tienes toda la información sobre lo de Will Smith como para escribir? Ten en cuenta que es un asunto bastante complejo... Pues la verdad es que no tengo toda la información, pero creo que tengo la suficiente para lo que quiero decir.

El lunes tras los Oscars: oye, ¿has visto el bofetón de Will Smith? No a ver... wow..  qué pasada... qué cosa... ¿qué le habrá dicho?  Es que Chris Rock se ha pasado cuatro pueblos, uno tiene que medir lo que dice. Su mujer tiene alopecia, y esto viene de lejos. Pones de nuevo el video: se acerca lentamente, el presentador le ve venir. Hasta parece un montaje, parece parte del guión. La gente se ríe. Ya, se le ha ido la olla, sí, pero es que uno tiene que pagar con las consecuencias de lo que dice. En el intermedio unos cuantos le consuelan. Qué cosas, este humorista, mira que se ha pasado. La libertad de expresión tiene un límite, está claro. La gala sigue: le dan el Oscar, llora, se disculpa como puede. Además dicen que Chris Rock pudo estar liado con la mujer de Will Smith. Ah, claro.

Vemos de nuevo el bofetón. Madre mía, esto es más que un bofetón. No tumba al presentador porque se mueve lo justo, pero esto es una agresión en toda regla. Es una barbaridad, es violencia pura y dura. Es que... que no, que no hay por dónde cogerlo. Y lo curioso es que nos cuesta darnos cuenta, tardamos un tiempo. Unas horas, incluso unos días, pero un tiempo. También los asistentes en el auditorio, y los responsables de la Academia de cine. Esto habrá que revisarlo..., quizá haya que sancionarle,... y se le sanciona. Y todos estamos de acuerdo. Pero es interesante el tiempo que tardamos en reaccionar y en darnos cuenta. No es que tengamos la conciencia deformada, es sin más un proceso psicológico que debemos conocer.

La violencia no cabe en la sociedad que hemos construido con tanto esfuerzo, lo aprendimos desde que empezamos a convivir, a vivir en plan humanos. Es una de las reglas básicas del civismo. "La paz es la única batalla que vale la pena librar", decía Camus. Algo creemos haber aprendido después de tanta guerra y terrorismo. La violencia es un lenguaje de nuestro "cerebro reptiliano", como quizá diría el inspector Pelayo de los GEOs, es una forma de comunicación primitiva que en pleno siglo XXI no deberíamos utilizar. Justo ahora vemos con horror cómo Vladimir Putin invade Ucrania, miles de personas fallecen por capricho, millones y familias se ven obligados a huir sin nada. Mientras, en la familia y en las escuelas hacemos lo que sea para enseñar a nuestros hijos que no hay que pelearse. Discutimos si hay alguna situación extraordinaria –defenderse de una agresión– en la que pudiera aplicarse cierta violencia en su justa proporción. Pero vamos, que no estamos hablando de eso, que nos estamos riendo cuando un actor agrede a un humorista desafortunado, por Dios. Si justificamos esta acción, a saber qué podríamos llegar a justificar.

Aunque no justificamos la violencia, podemos comprenderla. Comprender no es justificar. Comprender la violencia es que somos capaces de identificar variables contextuales, factores de riesgo y precipitantes de la conducta agresiva. Y no solo la comprendemos sino que empatizamos con muchas reacciones agresivas, sintonizamos con ellas. Esto también nos ha sucedido con lo de los Oscars. Hay una película argentina, Relatos salvajes (2014), que recoge una serie de cortometrajes que nos ayudan a entender cómo sintonizamos con algunas conductas de ira. En la película se muestran situaciones cotidianas en las que todos podemos habernos visto alguna vez: se te lleva el coche la grúa, personal de servicios que atiende reclamaciones sin humanidad, enfados al volante, reacciones ante injusticias, actuaciones por miedo, ... Son momentos de tensión, contextos en los que se comprende una escalada de ira. Solemos controlarnos, porque tenemos mecanismos de inhibición y control voluntario, pero en la película llegan a perder los papeles. Nos da risa, porque nos vemos identificamos, y nos asusta a lo que podríamos llegar. Lo comprendemos, empatizamos, pero no lo justificamos. Merece la pena revisitar la película argentina.

Está claro que detrás del incidente de Will Smith con Chris Rock puede haber mucho que desconocemos. Vale. Pero no necesitamos conocerlo todo. Pongámonos si queremos en lo peor, qué se yo, que hasta Chris Rock sabía que eso le iba a doler a la mujer de Will Smith y lo hizo a propósito. Tampoco entonces estaría justificada la agresión. Cierto que una humillación pública puede requerir una reparación pública, pero no una bofetada pública. El actor podría haber cogido el micrófono y haber exigido una rectificación, educadamente o incluso gritando. Pero no golpear. También podría haber hecho ademán de abandonar el auditorio, y se habría armado una buena, con repercusión mundial. Pero no agredir. Es verdad que en frío todo es más fácil, lo complicado es controlarse en caliente.

En caliente es más difícil. El calor es pasión, es reacción emocional, es enfado, ira, arrebato. La emoción ofusca, estrecha la conciencia. Lo vemos en el día a día. Lo vemos en la calle, lo veo en la consulta, lo aprendí también en una brillante novela del escritor húngaro Sándor Márai, La hermana. En la novela, la pasión mueve: tanto como para llevar al suicidio a dos enamorados con un amor imposible, como para guiar a la curación a un enfermo que se siente llamado por una voz amable de la que se enamora. Sándor Márai, por cierto, se suicidó. La emoción genera un estado tan surrealista como el ambiente que se generó en Teatro Dolby, una atmósfera catártica solo comparable a la que crea Christopher Nolan en la ópera de Tenet (2020) o en los sueños de Inception (2010): el tiempo se detiene, se ralentiza, la gente piensa lento, está perpleja, confusa. Paralizados, igual que la mayoría de nosotros en nuestras casas, con un efecto retardado que duró aún más, hasta que despertamos y empezamos a reaccionar.

De todos modos, el problema no es la ofuscación de nuestro juicio en la gala de los Oscars, que podríamos considerar como un circo de frivolidad del mundo actual. El problema está en que la emoción nos nubla el juicio en el día a día, y esa fuerza motivacional es la que se intenta tocar una y otra vez en la vida pública, política y mediática. Es el poder de convicción de la sugestión y de la seducción. Es el juego de la postverdad, nos mueve la emoción, la emoción define la verdad. No hacen falta grandes conspiradores para mover a las masas: basta con personas que manejen los medios, con algunos conocimientos de psicología básica y con pocos escrúpulos. Ojalá este incidente nos ayude a darnos cuenta de que el juicio se nos nubla por estados emocionales, que tardamos en reaccionar, y que uno es más libre cuando es consciente de la fuerza de sus pasiones. Casi nada.

Así que da para mucho una gala de Oscars. Por cierto, tampoco estoy de acuerdo en el linchamiento público de Will Smith ni de Chris Rock: solo puedo entender que son buenas personas, cada una con sus circunstancias, su historia y sus errores. Otro día prometo hablar de CODA, que es de lo que merece la pena.


Enrique Aubá, 12 de abril de 2022

viernes, 7 de enero de 2022

En la tierra de Oz

Se nos ha metido el miedo en el cuerpo y sentimos que perdemos el control. Surrealismo y miedo, esa ha sido nuestra Navidad, y así afrontamos el mes de enero, parece que este año la cuesta va a ser mayor. Llevamos meses dominando los datos, haciéndonos antígenos o PCRs, confinándonos y liberándonos, creyendo que lo entendemos todo. Y de repente "la cosa" ha mutado. Se ha vuelto más contagiosa aunque menos grave. Gracias a las autoridades sanitarias y políticas, todo hay que decirlo, casi todos estamos vacunados. La pandemia está objetivamente mejor, pero las propias medidas que hemos instaurado para protegernos se vuelven contra nosotros y nos están llevando a una situación de bloqueo. Estamos entrando en una trampa de la que tenemos que salir con creatividad. Estamos cayendo por la madriguera del conejo. O quizá estemos en el país de Oz.

"El maravilloso mago de Oz" (Lyman Frank Baum, 1899) es un relato que ha inspirado a generaciones. La niña Dorothy, arrastrada por un tornado, aparece en un mundo lejano y desconocido, surrealista y fantástico. Quiere volver a casa, pero antes vivirá una historia de amistad con unos pintorescos compañeros de camino: un espantapájaros que desea un cerebro, un hombre de hojalata que añora un corazón, y un león que se siente cobarde y quiere valor. Nosotros también queremos volver a casa. También hemos vivido tornados, volcanes, y seguimos inmersos en la pesadilla de la pandemia. No sabemos cómo salir de ella. Salir no es tarea fácil. Parece claro que de esta no lo conseguiremos si nos ponemos dignos en plan mayores, y por eso recurrimos a Oz. Le pedimos también cerebro, corazón y valor.

Primero es el corazón. En esto hemos crecido, es afecto, compasión. Nos lo ha dado el contacto con la enfermedad, con la muerte, con el sufrimiento y el dolor. Lo segundo es el cerebro, asunto más complicado. Nos creemos muy listos y nos sobra información. No se trata de conseguir más datos. Cerebro ahora es prudencia, sabiduría práctica, sentido común. Y en tercer lugar, valor. Recuperar el valor nos va a costar. Tanto dato nos ha dado una falsa seguridad que nos tranquiliza pero no nos ayuda a volver a casa. De alguna manera tendremos que quitarnos el miedo que se nos está agarrando al cuerpo, sabiendo que nada nos dará una seguridad completa. Volver a vivir, volver a mirar a la vida a la cara.

En el camino de vuelta a casa nos encontramos con buenos y malos consejeros. En Oz están la bruja buena del Sur y la malvada bruja del Oeste. En esta fase de la pandemia nos sucede igual. Unos nos dan esperanza: puede ser la última ola, estamos vacunados la mayoría, el contagio es alto pero la sintomatología es leve, quizá tendríamos que pasar a aplicar otro tipo de medidas, no podemos estar midiendo todo el día, pasemos a menos tests y menos confinamientos. Otros, sin embargo, nos desaniman. Son los agoreros hiperrealistas. Insisten en que la cosa está mal y nada indica que no vaya a empeorar, que mejor no salir de casa en enero, que eso nos dicen los datos. Y dale con los datos.

No dudemos, hay salida. No dejaremos de llorar a nuestros muertos y de cuidar a los enfermos. Pero recuperaremos la soltura. Aprenderemos a vivir de nuevo. Compasión, sentido común y valor. Esperanza. El verde esmeralda de Oz. 


Enrique Aubá, 7 de enero de 2022

lunes, 3 de enero de 2022

Los caminos del cambio









Hacemos propósitos, tenemos deseos, queremos cambiar. Este año voy a leer el Quijote. Voy a limpiarme los zapatos, voy a caminar 10000 pasos al día, voy a aprender francés, voy a perder peso. Di que sí. No me gusta cómo vivo, trabajo demasiado, voy a dedicar más tiempo a mi familia, voy a aprender a decir que no, ya está bien. Vale. Queremos cambiar y no siempre lo conseguimos. Nos frustramos, nos decimos que es inútil, y a veces desistimos y decidimos dejar de intentarlo. Joder, qué difícil es cambiar. Esa rabia puede ser buena, es ira que nos ayuda a acometer. Porque sentimos que no podemos quedarnos como estamos.

Aunque cualquier día es bueno, el comienzo de un nuevo año es un momento natural para plantear cambios en nuestra vida. El nuevo año señala un nuevo ciclo. El tiempo avanza linealmente, pero lo descomponemos en ciclos, repeticiones que nos ayudan a agarrarlo mejor, que nos dan oportunidades para revivir, para intentar hacerlo mejor.

Cambios los hay de todo tipo. Algunos nos divierten, como cuando decidimos que este año nos vamos a poner todos los días algo rojo. Está bien, nos entretiene, y hasta nos da tema de conversación. Otros cambios se dirigen a hacernos más productivos, más eficientes. Muchos están relacionados con nuestro desempeño laboral y son importantes. Pero hay otro tipo de cambios más interesantes que tienen que ver con nuestra forma de ser y nuestros hábitos más arraigados, no son fruto del capricho ni de una demanda externa, responden a una necesidad interna. Suponen un cambio más nuclear en la persona. Son difíciles, algunos dirán que imposibles. Pero los anhelamos.

¿Por qué es tan difícil cambiar? ¿Por qué con frecuencia fracasan nuestros propósitos? ¿Es realmente posible el cambio? En verdad, lo real es el cambio, somos lo mismo a la vez que fluimos. Estamos en contínuo movimiento, consecuencias de vivir en el tiempo, caprichos de la existencia. Si pensamos que no cambiamos, si elegimos quedarnos como estamos, lo más seguro es que empeoremos. El cambio es inevitable, y lo difícil es dirigir el cambio. Aplicamos una fuerza y no avanzamos en la dirección que queremos. Merece la pena reflexionar sobre la naturaleza de las resistencias, de esas otras fuerzas que se oponen a la que nosotros aplicamos. Nos paramos un momento, damos "un paso atrás", nos relajamos, observamos. No queremos seguir dándonos de frente contra el muro.

El ciclo que señala el año nuevo es un ciclo determinado por los astros, que influyen en nuestra existencia corporal. El ciclo señala nuestro calendario e influye en nuestros biorritmos. Las hormonas se alían con las estrellas y marcan nuestra biología: la fertilidad, la vigilia y el sueño, el nivel de energía. Ritmos circadianos, ultradianos e infradianos. Nos mueven las mareas, las estaciones, la noche y el día. Tiene la naturaleza una fuerza arrolladora con la que es mejor llevarse bien. Cuando nos esforzamos, empujamos. Empujamos, nos cansamos y volvemos a empujar. Es conveniente que nuestros arreones aprovechen la energía de las mareas. Hay cosas que nos gustaría cambiar y no es posible. Hay cosas que nos gustaría cambiar y no es el momento. El esfuerzo puede ser estéril, o puede costar más de la cuenta. Y de repente, parece que es como que se cruzan o se alinean los planetas, y nos es más fácil algo que nos resultaba imposible desde hacía tiempo. Misterios de la naturaleza.

Son muchas las fuerzas que mueven nuestro aparato psíquico. Necesidades fisiológicas, ya te digo que nos mueven. Nos mueve el placer, nos mueve el juego, la distracción. Nos mueve el ser valorados, ser reconocidos, la autoestima. Nos mueve el amor y el crear, ayudar, cuidar, dar vida. Siendo muchas las fuerzas que nos mueven, existe una jerarquía, hay un orden en las tendencias y motivaciones. Algunos las dibujan en una pirámide, también nos vale una escalera. Unas son más reptilianas, más compartidas con el reino animal. Otras son más espirituales, más propiamente humanas. Pero todas actúan y la clave está en orquestarlas para que ayuden en nuestros procesos de cambio.

Cuando no conseguimos lo que nos proponemos puede ser por distintos motivos. A veces es que tenemos poca disposición para el cambio, estamos poco motivados, no vemos suficientemente claro que tengamos que cambiar, no lo deseamos de verdad. Otras veces es que nuestras expectativas de cambio no son adecuadas, ya sea porque anhelamos cambiar algo que no podemos cambiar, o porque queremos cambiar algo en un momento en que no es posible. Esto nos pasa con nuestros propósitos y también con frecuencia cuando esperamos o deseamos cambios en los demás, en los que nos rodean. Unas expectativas inadecuadas son fuente de mucha frustración y de esfuerzos estériles. Y también puede suceder que no ejecutemos el cambio adecuadamente. El cambio es un proceso, tiene sus pasos, sus tiempos, su carácter progresivo. Pocos cambios son de todo o nada, algunos sí, pero en la mayoría de los objetivos de cambio se trata más bien de mejorar paso a paso, hay hábitos mejores que otros, aunque no poseamos el bien completo.

A la hora de plantearnos cambios, debemos por tanto: ajustar las expectativas de cambio, disponernos bien para el cambio, tener un plan asequible, elegir el momento, e ilusionarnos. La ilusión es importante, se trata de disfrutar con los cambios, poniendo todo nuestro aparato emocional al servicio del crecimiento, de lo que queremos, de lo que nos aporta valor. Lo de la épica y el arrastrarse como por el frente de guerra es para algunos momentos, para arranques o acelerones de motivación, pero no vale para el mantenimiento, cansa mucho. Los cambios se sostienen cuando se convierten en hábitos que se hacen con agrado. No lo hago porque deba hacerlo, que también, sino que me gusta hacerlo.

Podemos cambiar muchas cosas, pero hay cambios mejores, hay cambios más necesarios que otros, hay cambios más profundos. No me atrevo a decirle a nadie qué propósitos sí o qué propósitos no, pero podemos señalar algunas direcciones de cambio que parecen seguras: hacia el autocontrol, hacia lo sencillo, hacia los demás, hacia la belleza.

Primera dirección: caminar hacia el autocontrol. Es lo mismo que movernos hacia la libertad, tiene mucha relación con nuestras conductas adictivas. Se trata de sustituir unos comportamientos por otros mejores. Eliminar hábitos tóxicos o degradantes, como algunas sustancias, el exceso de móvil o audiovisuales, y generar hábitos saludables, como el ejercicio, el comer sano, la lectura.

Segunda dirección: caminar hacia lo sencillo. No puede ser imprescindible lo sofisticado o lo caro, los "aparatos". La vida es mejor cuando es más simple. El contexto transhumanista actual tiende a considerar mejor lo potenciado, de la manera que sea, pero debemos aspirar a necesitar menos "cosas" para explicarnos, para entendernos, para vivir.

Tercera dirección: caminar hacia los demás. Ayudar y dedicar tiempo a otros, nos llena, y además queda, produce fruto,  y el fruto se vuelve a sembrar, se multiplica, sigue creciendo. Los cambios a ayudar a los demás quizá sean los que más nos enriquezcan. Cuando parece que perdemos es cuando ganamos. Ahora estamos más sensibles, al ver tanto sufrimiento en torno a la pandemia, al sentir la enfermedad, al ver otros que sufren o mueren, al ver el dolor y el amor. También con los volcanes o los huracanes. Ayudar a personas discriminadas, o a personas olvidadas. Sin contárselo a nadie, por discreción, o contándolo, para expandir el círculo. El amor es una fuerza creadora que contrarresta a tantas otras fuerzas.

Cuarta dirección: caminar hacia la belleza. No podemos conformarnos con estar haciendo siempre lo mismo y de la misma manera. No hace falta ser artistas consagrados para fomentar la creatividad. No podemos renunciar a crear, a aportar de otras maneras. Pintar, dibujar, escribir, componer, construir, dar forma. Crear es también hacer con otra alegría lo de siempre, cada día, con otro brillo, como si fuera el único día. Caminar hacia la belleza es también aprender a contemplar. En silencio. Nos llena.

El año nuevo es una fiesta de luz. Luces, fuegos artificiales, colores, sonido. Un brillo que nos deslumbra y que contrasta con la oscuridad. La oscuridad de las personas que sufren, pregúntale a alguien con depresión. La oscuridad también de nuestro cansancio. La oscuridad de las dificultades, de las resistencias, de las mareas. La luz nos atrae, la deseamos. La vida no consiste en evitar pasarse al lado oscuro de la fuerza, como hacían otros. Vivimos en verdad en el lado oscuro y la vida consiste en ir hacia la luz. Para cambiar tenemos que conectar primero con nuestras zonas oscuras: hacerlas conscientes, conocernos, aceptarnos. Desde ahí retomamos con seguridad el camino del cambio, el camino del crecimiento, el camino de la conversión.

En realidad hay también otro camino. "Hay dos caminos que puedes seguir en la vida: el de la naturaleza y el de la gracia. Debes elegir cuál vas a seguir" (T. Malick, El árbol de la vida, 2011). El camino de la naturaleza ya lo conocemos, exige esfuerzo y aceptación. El camino de la gracia, exige fe y abandono. Es un camino de gratuidad y perdón. No se excluyen, se superponen. La gracia asume las reglas naturales, pero tiene otra lógica.

Estos días celebramos que hace dos mil años vino un niño al mundo, para traer luz y esperanza, para recordarnos que el cambio es posible y para cambiar el curso de la historia. Nos lo anunció una estrella. Pues eso, otra lógica.


Enrique Aubá, 3 de enero de 2022

Nos movemos

 A partir de julio de 2026... ...nos encontramos en: https://amigosenelocaso.com/