“Veníamos de la España que escuchaba un serial radiofónico. Íbamos hacia esa España que se sentaba a mirar una pantalla. Todavía una sola pantalla. Todavía juntos”.
“Si hay algo que cambió desde el primer momento fue la luz.
En el pueblo estaban los cielos con la espuma de afeitar en las nubes, aquel horizonte que se ponía del color de la arcilla, las paredes de cal que te hacían cerrar los ojos, el morado del azafrán compitiendo con el rojo de las amapolas.
En la ciudad estaban el gotelé blanco, el cemento, el ladrillo y el reflejo mortecino del televisor”.
Ingratitud
“Los padres te llevan como si fueras parte de ellos mismos. Te dicen que todo es por ti, hijo. que todo lo que hacen es por ti. Y te cortan por la raíz lo mismo que un bonsáis. Por eso creces mal. Y luego te llenas de bichos”.
El que no podía faltar
“Mi tío Jorge, que vivía en Madrid, era testigo de Jehová y esquizofrénico”.
Gratitud
“Donde antes había una banco en la plaza, ahora hay un quiosco como los que entonces solo podías ver en la ciudad. En la portada de una revista anuncian un reportaje sobre las “mujeres urbanas que rompen moldes”, eso pone. No sé tú, Eme, pero yo siempre me pregunto por qué nadie escribe de las rurales que os dedicasteis a pegar los pedazos”.
Enrique Aubá, 21 de mayo de 2026
Desde el ocaso, espacio de lectura compartida

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