Escrita desde la mirada de la infancia, y desde aquella infancia española de los años setenta y ochenta, Los ingratos es una novela sobre la memoria, el desarraigo y el agradecimiento tardío hacia quienes nos sostuvieron sin pedir nada a cambio. Retrata el paso del pueblo a la ciudad, el cambio de una España a otra y esa mezcla de ternura y culpa con la que muchos adultos miran hoy a quienes les cuidaron en silencio.
Quienes vivieron su infancia en los años setenta y ochenta conectarán de una manera especial con esta novela, porque hay en ella una nostalgia muy reconocible. Pero la novela funciona también más allá de esa memoria generacional, porque habla de algo universal: de cómo se vive el mundo desde la infancia. Además, sorprende cómo, sobre un ritmo lento y evocador, la novela va tomando cuerpo narrativo y profundidad emocional.
Es especialmente bonita la forma en que aborda algunos aspectos del desarrollo infantil —la encopresis y su función, el descubrimiento natural de la sexualidad, el reconocimiento de la alteridad— desde una mirada delicada y nada impostada. Y, sobre todo, conmueve la figura de esa mujer de pueblo que cuida en silencio, víctima de una crueldad social normalizada, y cómo solo más tarde, ya adultos, aprendemos a mirar atrás con conciencia, ternura y agradecimiento.
“Veníamos de la España que escuchaba un serial radiofónico. Íbamos hacia esa España que se sentaba a mirar una pantalla. Todavía una sola pantalla. Todavía juntos”.
“Si hay algo que cambió desde el primer momento fue la luz.
En el pueblo estaban los cielos con la espuma de afeitar en las nubes, aquel horizonte que se ponía del color de la arcilla, las paredes de cal que te hacían cerrar los ojos, el morado del azafrán compitiendo con el rojo de las amapolas.
En la ciudad estaban el gotelé blanco, el cemento, el ladrillo y el reflejo mortecino del televisor”.
Ingratitud
“Los padres te llevan como si fueras parte de ellos mismos. Te dicen que todo es por ti, hijo. que todo lo que hacen es por ti. Y te cortan por la raíz lo mismo que un bonsáis. Por eso creces mal. Y luego te llenas de bichos”.
El que no podía faltar
“Mi tío Jorge, que vivía en Madrid, era testigo de Jehová y esquizofrénico”.
Gratitud
“Donde antes había una banco en la plaza, ahora hay un quiosco como los que entonces solo podías ver en la ciudad. En la portada de una revista anuncian un reportaje sobre las “mujeres urbanas que rompen moldes”, eso pone. No sé tú, Eme, pero yo siempre me pregunto por qué nadie escribe de las rurales que os dedicasteis a pegar los pedazos”.
Enrique Aubá, 21 de mayo de 2026
Desde el ocaso, espacio de lectura compartida

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