Por fin he pasado por la "carretera del campus", ese nuevo eslálom de pivotes y rayas que dibujan una graciosa trayectoria. Me digo que esto no puede ser cierto, que debe de haber sido un sueño, que la próxima vez que pase seguro que me doy cuenta de que no es real... pero va a ser que sí.
No me acaba de convencer lo de que si se tardan dos o cuatro minutos en cruzar el campus, que si para ir o para volver, que si los de Cizur o los de Soto Lezkairu, que si los de la privada o los del instituto público. No se trata tampoco de si sentido este u oeste: es más bien una cuestión de sentido común y de estética, que no es poco. Es cierto que yo no conduzco a diario para ir a trabajar, pero soy un ciudadano más que disfruta del campus paseando o en bici —de esas eléctricas públicas que son una maravilla—, de los que disfrutan del aire, del olor, de la hierba, de los árboles, de la vista. Y es que estos palitroques de plástico verde y esas rayas de pintura blanca... duelen a la vista.
Y como tiendo a pensar bien... me tranquilizo cuando comprendo que debe de ser algo provisional: el señor alcalde mandó cerrarla, supongo que para ampliar zona verde de la que presume Pamplona, pero hubo quejas y echó para atrás. Propone entonces algo intermedio que pudiera contentar a unos y otros, y ahora son otras las quejas. Pues nos quedamos a medias y pongo unos palotes de plástico de broma, en plan tomadura de pelo sin gastar dinero, mientras nos ponemos de acuerdo, ya llegaremos a un mejor consenso.
De la carretera de la discordia al paseo de la concordia. O algo de eso.

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